La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos El verano de 1980 avanzaba con la intensidad de una tormenta. Candela y MartÃn compartÃan cada momento con una urgencia casi desesperada, como si ambos supieran que su tiempo juntos era limitado. Pero esa burbuja que habÃan construido no era invencible. El peso del pasado y la incertidumbre del futuro se filtraban entre ellos, como agua en un casco que lentamente se hunde.
Una noche, MartÃn decidió invitarla a cenar. No en la casa alquilada, ni en el bar del pueblo, sino en un rincón apartado junto al rÃo. Preparó todo con esmero: una manta, una botella de vino, una pequeña linterna para alumbrar el camino. Cuando Candela llegó, con su cabello alborotado por el viento y su sonrisa que siempre parecÃa esconder algo, MartÃn sintió una punzada en el pecho. SabÃa que nunca olvidarÃa esa imagen.
―Esto es un poco demasiado romántico, ¿no crees? ―dijo ella, dejando caer su bolso junto a la manta.
―¿Demasiado? ―replicó MartÃn, esforzándose por sonar despreocupado mientras descorchaba la botella―. Pensé que te gustaba lo caótico.
