La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos Candela rió, pero la risa no llegó a sus ojos. A medida que avanzaba la noche, MartÃn notó que algo en ella estaba diferente. HabÃa una distancia en sus palabras, una sombra que antes no estaba. Finalmente, cuando el vino estuvo casi terminado, se atrevió a preguntarle.
―¿Qué pasa, Candela? Siento que estás... lejos.
Ella lo miró, y por un instante pareció dudar. Luego, suspiró y desvió la mirada hacia el rÃo.
―Me voy, MartÃn ―dijo, su voz apenas un susurro―. He estado retrasándolo, pero no puedo quedarme más tiempo.
El mundo de MartÃn se detuvo. Las palabras parecieron rebotar en su mente, sin encontrar un lugar donde asentarse.
―¿A dónde? ―preguntó finalmente, aunque no sabÃa si querÃa saber la respuesta.
―A donde sea ―respondió Candela, encogiéndose de hombros―. Ese es el problema conmigo, MartÃn. No sé quedarme. Nunca he sabido.
MartÃn quiso protestar, detenerla, convencerla de que podÃan encontrar una manera. Pero las palabras no llegaron. En el fondo, siempre supo que esto iba a suceder. Candela era un espÃritu libre, una isla volcánica que no podÃa permanecer atada a nada ni a nadie.