La teoría de los archipiélagos
La teoría de los archipiélagos ―No sé quedarme, Martín. Nunca he sabido.
Pero ahora, sentado allí, se dio cuenta de algo: ella sí se había quedado. No en el pueblo, ni en el tiempo, pero sí en él. En sus recuerdos, en los dibujos, en cada decisión que había tomado desde entonces. Candela no era solo una mujer; era una parte de él, una isla que nunca había dejado de visitar.
En el verano de 1980, el adiós llegó con la misma inevitabilidad que una marea alta. Candela se fue una mañana temprano, sin despedidas dramáticas ni promesas que no pudiera cumplir. Martín despertó y encontró una nota en la mesa de la cocina.
Gracias por todo, Martín. Nunca olvides que puedes ser más de lo que crees. Sé valiente.
Las palabras eran simples, pero contenían todo lo que Candela era: un desafío, un adiós, y quizá, un pequeño rayo de esperanza.
Martín leyó la nota una y otra vez, intentando aferrarse a las palabras como si fueran un salvavidas. Pero no pudo evitar sentir que algo en él también se estaba yendo, hundiéndose junto con la marea.
En el presente, Martín se levantó de la roca y miró el río una última vez antes de regresar al pueblo. Candela había sido una tormenta en su vida, un naufragio y una salvación al mismo tiempo. Y aunque nunca la había vuelto a ver, sabía que no podía dejar que su búsqueda terminara aquí.