La teoría de los archipiélagos
La teoría de los archipiélagos En el verano de 1980, ese mismo abismo comenzó a formarse. Candela se había ido, dejando a Martín con su nota y un vacío que parecía imposible de llenar. Los días siguientes se convirtieron en una niebla interminable. Regresaba a los lugares que habían compartido, como si su ausencia pudiera ser borrada al revivir los momentos que habían sido tan fugaces.
Una tarde, mientras revisaba sus dibujos, se dio cuenta de algo: Candela estaba en cada página. Su silueta, su sonrisa, incluso los lugares que ella le había mostrado. Cada línea trazada era un intento de retenerla, de no dejarla desaparecer del todo.
Pero la vida seguía. La editorial esperaba su trabajo, y Martín, a pesar de todo, cumplió con su encargo. Dibujó plantas y flores, líneas limpias y precisas que parecían vacías en comparación con los bocetos caóticos de Candela. Cuando entregó el proyecto, su jefe lo felicitó, pero Martín no sintió nada. Había dejado una parte de sí mismo en ese pueblo, en esas semanas con ella.
Antes de regresar a Madrid, visitó una última vez el acantilado donde Candela le había hablado de perderse para encontrarse. Se sentó allí durante horas, mirando el horizonte, preguntándose si algún día podría comprender lo que ella había querido decir.