La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos En el presente, MartÃn dejó la cafeterÃa y caminó hasta el mercado. Las voces de los vendedores y los sonidos de los clientes regateando llenaban el aire, pero para él era como caminar entre fantasmas. Recordaba a Candela deteniéndose en cada puesto, oliendo frutas, tocando telas, como si el mundo entero estuviera al alcance de su mano.
Se detuvo frente a un puesto de flores y sintió un golpe de nostalgia al ver un ramo de girasoles. Era su flor favorita; lo habÃa dicho una tarde mientras caminaban por un campo lleno de ellos.
―Son como el sol, pero más valientes ―habÃa dicho ella, arrancando uno para colocarlo detrás de su oreja.
MartÃn compró un girasol y lo sostuvo en sus manos mientras continuaba caminando. HabÃa algo en ese gesto que lo reconfortaba, como si, de alguna manera, estuviera llevándose un pedazo de ella consigo.
Al regresar al hostal, la dueña lo miró con curiosidad.
―Ese girasol es para alguien, ¿verdad? ―preguntó, sus ojos brillando con una mezcla de amabilidad y compasión.