Divina Comedia

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Así empezó a hablarme mi Maestro e hizo a aquella fiera una seña indicándole que se dirigiera hacia la margen de piedra sobre la que nos encontrábamos. Y aquella inmunda imagen del fraude llegó a nosotros y adelantó la cabeza y el cuerpo, pero no puso la cola sobre, aquella orilla. Su rostro era el de un varón justo, tan bondadosa era su apariencia exterior, y el resto del cuerpo el de una serpiente. Tenía dos garras llenas de vello hasta los sobacos, y la espalda, el pecho y los costados salpicados de tal modo de manchas, que no ha habido tela turca ni tártara tan rica en colores, no pudiendo compararse tampoco con las variopintas telas de Aracne. Como se ven muchas veces las barcas en la orilla, mitad en el agua y mitad en tierra, como en el país de los glotones tudescos el castor se prepara a hacer la guerra a los peces, así la detestable fiera se mantenía sobre el cerco de piedra que circunda la arenosa llanura, agitando su cola en el vacío y levantando el venenoso dardo de que tenía armada su extremidad, parecida a la de un escorpión. Mi guía me dijo:

—Ahora conviene que dirijamos nuestros pasos hacia la perversa fiera que allí está tendida.




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