Divina Comedia

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Estábamos ya junto a ésta, subidos en aquella parte del escollo que cae justamente sobre su centro. ¡Oh Suma Sabiduría! ¡Cuán grande es el arte que demuestras en el Cielo, en la Tierra y en el mundo maldito, y con cuánta equidad se reparte tu virtud! Vi por todos lados en el suelo la piedra lívida llena de pozuelos, todos redondos y de igual tamaño, los cuales me parecieron ni más ni menos anchos que los que hay en mi hermoso San Juan para servir de pilas bautismales. Uno de ellos rompí yo, no hace muchos años, por salvar a un niño que dentro se ahogaba; y baste lo que digo para desengañar a todos[153]. Fuera del brocal de cada uno de aquellos agujeros salían los pies y las piernas de un pecador, hasta el muslo, quedando dentro el resto del cuerpo. Ambos pies estaban ardiendo; por esta razón se agitaban tan fuertemente sus coyunturas que hubieran roto sogas y cuerdas. Del mismo modo que la llama suele recorrer la superficie de los objetos untados de grasa, así el fuego flameaba desde el talón hasta la punta en los pies de los condenados.

—¿Quién es aquél, Maestro, que furioso agita los pies más que sus otros compañeros —dije entonces— y a quién corroe y deseca una llama mucho más roja que las otras?

A lo cual me contestó:


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