Divina Comedia
Divina Comedia —Si quieres que te conduzca por aquella parte de la escarpa que está más cercana al fondo, él mismo te dirá quién es y cuáles son sus crÃmenes.
Le respondÃ:
—Me parece bien todo lo que a ti te agrada. Tú eres el dueño y sabes que yo no me separo de tu voluntad, asà como también conoces lo que me callo.
Subimos entonces al cuarto margen, después volvimos y bajamos por la izquierda hacia la estrecha y perforada fosa, sin que el buen Maestro me hiciera separar de su lado, hasta haberme conducido junto al hoyo de aquel que daba tantas señales de dolor con los movimientos de sus piernas.
—¡Oh! Quienquiera que seas, tú, que tienes enterrada la parte superior de tu cuerpo; alma triste, plantada como una estaca —empecé a decir—, párate, si puedes.
Yo estaba como en fraile que confiesa al pérfido asesino, a quien, enterrado ya para cumplir su condena, llama para que se arrepienta. Y él gritó:
—¿Estás ya aquÃ, todavÃa sin hundirte en este hoyo, estás ya aquÃ, todavÃa con la cabeza en alto, Bonifacio[154]?. ¿Me ha engañado en algunos años lo que está escrito? ¿Tan pronto te has saciado de aquellos bienes, por los cuales no temiste apoderarte con embustes de la hermosa Dama para gobernarla después indignamente[155]?.