Divina Comedia

Divina Comedia

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Así, de un puente a otro y hablando de cosas que mi Comedia no se ocupa en referir, fuimos avanzando, y llegamos a lo alto del quinto puente, donde nos detuvimos para ver la otra hondonada de Malebolge y allí otras vanas lágrimas; y la vi asombrosamente oscura. Así como en el arsenal de los venecianos hierve en el invierno la pez tenaz destinada a reparar los buques que no pueden navegar y al mismo tiempo que uno construye una embarcación, otro calefatea los costados de la que ha hecho ya muchos viajes, otro revisa una proa, otro una popa, quien hace remos, quien retuerce unas cuerdas, quien, por terminar, repara el palo de mesana o el mayor; de igual suerte, y no por medio del fuego sino por la voluntad divina, allí abajo hervía una resina espesa, que se quedaba pegajosa en las orillas por todas partes. Yo la veía, pero sin percibir en ella nada más que las burbujas que producía el hervor, hinchándose toda y volviendo a caer desplomada. Mientras la contemplaba fijamente, mi Guía me atrajo hacia sí desde el sitio en que me encontraba, diciéndome que tuviera cuidado. Entonces me volví como el hombre que ansía ver aquello de que le conviene huir y a quien asalta un temor tan grande y repentino que ni para mirar detiene su fuga; y vi detrás de nosotros un negro diablo que venía corriendo por el puente. ¡Oh! ¡Cuán feroz era su aspecto y qué amenazador me parecía con sus alas abiertas y sus ligeros pies! Sobre sus hombros, altos y angulosos, llevaba a cuestas un pecador, a quien tenía agarrado por ambos jarretes. Desde nuestro puente dijo:


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