Divina Comedia

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— ¡Oh, Malebranche! Ved aquí a uno de los magistrados de Santa Zita. Echadlo dentro, que yo me vuelvo otra vez a aquella tierra que está tan bien provista de ellos. Allí todos son bribones, excepto Bonturo; y por dinero de un «no» hacen una «ita[168]».

Lo arrojó abajo y se volvió por la dura roca tan de prisa que jamás ha habido un mastín suelto que haya perseguido a un ladrón con tanta ligereza. El pecador se hundió y volvió a la superficie empapado en pez; pero los demonios que estaban escondidos bajo el puente gritaban:

—Aquí no está el Santo Rostro. Aquí se nada de diferente modo que en el Serchio. Si no quieres probar nuestros garfios, no salgas de la pez[169].

Después le pincharon con más de cien arpones, diciéndole:

—Es forzoso que bailes aquí a cubierto de modo que, si puedes, prevariques ocultamente.

No de otro modo hacen los cocineros que sus marmitones sumerjan en la caldera las viandas por medio de grandes tenedores para que no sobrenaden.

—A fin de que no adviertan que estás aquí —me dijo el buen Maestro—, ocúltate detrás de una roca que te sirva de abrigo, Y, aunque se me haga alguna ofensa, no temas nada, pues ya conozco estas cosas por haber estado otra vez entre estas almas venales[170].


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