Divina Comedia
Divina Comedia En seguida pasó al otro lado del puente, y cuando llegó a la sexta orilla tuvo necesidad de mostrar su intrepidez. Con el furor y el ímpetu con que salen los perros tras el pobre que de pronto pide limosna donde se detiene, así salieron los demonios de debajo del puente, volviendo todos contra él sus arpones. Pero les gritó:
—Que ninguno de vosotros se atreva. Antes que me punce vuestra horquilla, adelántese uno que me oiga y después medite si debe atacarme.
Todos gritaron:
—Ve, Malacoda.
Por lo cual uno de ellos se puso en marcha, mientras los otros permanecían quietos, y se adelantó diciendo:
—¿Qué te podrá salvar de nuestras garras?
—¿Crees tú, Malacoda, que a no ser por la voluntad divina y por tener el destino propicio —dijo mi Maestro—, me hubieras visto llegar aquí sano y salvo, a pesar de todas vuestras armas? Déjame pasar, porque en el Cielo quieren que enseñe a otro ese camino salvaje.
Entonces quedó tan abatido el orgullo del demonio, que dejó caer el arpón a sus plantas, y dijo a los otros:
—Que no se haga daño.
Y mi Guía a mí: