Divina Comedia
Divina Comedia He visto alguna vez a la caballería levantar el campo, empezar el combate, pasar revista y, a veces, batirse en retirada. He visto, ¡oh, aretinos!, hacer incursiones por vuestra tierra y saquearla; he visto luchar en los torneos y correr en las justas, ya al sonido de las trompetas, ya al de las campanas, al ruido de los tambores, con las señales de los castillos y con todo el aparato nacional y extranjero; pero lo que no he visto nunca es que tan extraño instrumento de viento como el culo de aquel diablo pusiera en marcha a jinetes ni peones. Jamás, ni en la tierra ni en los cielos, guió semejante faro a ningún buque. Marchábamos juntamente con los diez diablos (¡oh terrible compañía!), pero ¿qué otra cosa podíamos hacer?: en la iglesia con los santos y en la taberna con los borrachos. Sin embargo, mi atención estaba concentrada en la pez para distinguir todo lo que contenía la fosa y a los que se abrasaban dentro de ella. Así como saltan los delfines fuera del agua, avisando a los marinos a apercibir la nave contra la tempestad[174], así también algunos condenados para aliviar sus tormentos sacaban la espalda, y la volvían a esconder más rápidos que el relámpago; y lo mismo que en un charco las ranas sacan la cabeza a flor de agua, aunque teniendo dentro de ella sus patas y el resto del cuerpo, así estaban por todas partes los pecadores; pero cuando Barbaricchia se aproximaba, volvían a sumergirse en aquel hervidero. Yo vi, y aún se estremece por ello el corazón, a uno de aquellos que había tardado más tiempo en hundirse, como sucede con las ranas, que una queda fuera del agua mientras las demás se zambullen; y Graffiacane, que estaba más cerca de él, lo enganchó por los cabellos enviscados de pez y lo sacó fuera como si fuese una nutria. Yo sabía el nombre de todos aquellos demonios, por haberme fijado bien en ellos cuando los eligió Malacoda. «Rubicante, plántale encima tu garfio y desuéllalo», gritaban todos a un tiempo aquellos malditos. Yo dije: