Divina Comedia

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Apenas había concluido de decirme su parecer, cuando vi venir a los demonios con las alas extendidas y muy cerca de nosotros, queriendo cogernos. Mi Guía me agarró súbitamente, como una madre que, despertada por el ruido y viendo brillar las llamas cerca de ella, coge a su hijo y huye, y teniendo más cuidado de él que de sí misma, no se detiene ni aun a ponerse una camisa. Desde lo alto de la calzada se deslizó de espaldas por la pendiente roca, uno de cuyos lados separa la quinta de la sexta fosa. Jamás corrió tan rápida el agua por la canal de un molino, cuando más se acerca a las paletas de las ruedas, como descendió por aquel declive mi Maestro, llevándome sobre su pecho cual si fuese hijo suyo y no su compañero. Apenas tocaron sus pies el suelo del profundo abismo cuando los demonios aparecieron en las rocas sobre nuestras cabezas; pero ya no nos inspiraban temor porque la alta Providencia, que los había designado ministros para la quinta fosa, les quitó la facultad de separarse de allí. Abajo encontramos unas gentes que brillaban como el oro, que miraban en torno con bastante lentitud, llorosas y con los semblantes fatigados y abatidos. Llevaban capas con capuchas echadas sobre los ojos, por el estilo de las que llevan los monjes de Colonia[179]. Aquellas capas eran doradas por fuera, de modo que deslumbraban; pero por dentro eran completamente de plomo, y tan pesadas, que las de Federico a su lado parecerían de paja[180]. ¡Oh manto fatigoso por toda la eternidad! Nos volvimos aún hacia la izquierda y anduvimos con aquellas almas, escuchando sus tristes lamentos. Pero las sombras, rendidas por el peso, caminaban tan despacio que a cada paso que dábamos cambiábamos de compañero. Yo dije a mi Guía:


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