Divina Comedia

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—Procura encontrar a alguno que sea conocido por su nombre o por sus hechos y mira, para ello, en derredor tuyo mientras andas.

Y uno de ellos, que entendió mi idioma toscano, exclamó detrás de nosotros:

—Detened vuestros pasos, vosotros que tanto corréis a través del aire sombrío; quizá podrás obtener de mí lo que solicitas.

En seguida, mi Guía se volvió y me dijo:

—Espera y modera tu paso hasta igualar el suyo.

Me detuve y vi a dos de aquéllos, que en sus miradas demostraban gran deseo de estar conmigo, pero su carga y lo estrecho del camino les hacían tardar. Cuando se me hubieron reunido, me miraron con torvos ojos y sin hablarme; después, se volvieron uno a otro diciéndose: «Ése parece vivo, a juzgar por los movimientos de su garganta[181], y si está muerto, ¿por qué privilegio no lleva nuestra pesada carga?». Después me dijeron:

—¡Oh, toscano, que has venido a la mansión de los tristes hipócritas!, dígnate decirnos quién eres.

Les contesté:

—Nací y crecí junto a la orilla del hermoso Arno, en la gran ciudad, y conservo el cuerpo que he tenido siempre. Pero vosotros, a quienes, según veo, cae tan doloroso llanto gota a gota por las mejillas, ¿quiénes sois y qué pena padecéis?

Uno de ellos me respondió:


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