Divina Comedia
Divina Comedia —¡Ay de mÃ! Estas doradas capas son de plomo y tan gruesas que su peso nos hace gemir como cargadas balanzas. Fuimos hermanos gozosos y boloñeses. Yo me llamé Catalano y éste Loderingo. Tu ciudad nos nombró magistrados, como suele elegir a un hombre neutral para conservar la paz; y la conservamos tan bien como puede verse aún cerca de Gardingo[182].
—¡Oh, hermanos! Vuestros males… —pero no pude continuar porque vi en el suelo a un crucificado con tres estacas. En cuanto me vio, se retorció, haciendo agitar su barba con la fuerza de sus suspiros. Y el hermano Catalano, que lo advirtió, me dijo:
—Ese que estás mirando crucificado aconsejó a los fariseos que era necesario hacer sufrir a un hombre el martirio por la causa del pueblo. Está atravesado y desnudo sobre el camino, como ves; y es preciso que sienta lo que pesa cada uno de los que pasan. Su suegro está condenado a igual suplicio en esa fosa, asà como los demás del Consejo que fue para los judÃos origen de tantas desgracias[183].
Entonces vi a Virgilio, que contemplaba con asombro a aquel que estaba tan vilmente crucificado en el eterno destierro. Luego, se dirigió al fraile en estos términos: