Divina Comedia
Divina Comedia Al terminar estas palabras, el ladrón alzó ambas manos haciendo un gesto indecente y exclamando: «Toma, Dios, esto es para ti[193]». Desde entonces fui amigo de las serpientes, porque una de ellas se le enroscó en el cuello como diciendo: «No quiero que hables más», y otra se agarró a sus brazos sujetándolos de tal modo que no le era posible al condenado hacer ningún movimiento. ¡Ah, Pistoia, Pistoia! ¿Cómo no decides reducirte tú misma a cenizas y dejar de existir, pues que tus hijos son peores que sus antepasados? En todos los círculos del oscuro Infierno no he visto espíritu tan soberbio ante Dios, a no ser aquel que cayó desde los muros de Tebas[194]. El ladrón huyó sin decir una palabra más. Entonces vi a un Centauro lleno de ira, que acudía gritando: «¿Dónde está, dónde está el soberbio?». No creo que contengan las marismas tanto reptil como llevaba el Centauro sobre su grupa hasta el sitio en que empezaba la forma humana; sobre sus espaldas, detrás de la nuca, descansaba un dragón con las alas abiertas, el cual abrasaba cuanto salía a su encuentro. Mi Maestro dijo: