Divina Comedia

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Como el lagarto, que bajo el ardor de los días caniculares, cuando cambia de un matorral a otro, parece un rayo al atravesar el camino, tal parecía, dirigiéndose hacia el vientre de los otros dos espíritus, una pequeña serpiente irritada, lívida y negra como grano y pimienta. Picó a uno de ellos en aquella parte del cuerpo por donde nos alimentamos antes de nacer y después cayó a sus pies quedando tendida. El herido la miró sin decir nada y permaneció inmóvil, en pie y bostezando, como si lo hubiera sorprendido el sueño o la fiebre. Él y la serpiente se miraban y, el uno por la herida y la otra por la boca, lanzaban un denso humo que llegaba a confundirse. Calle Lucano al referir las miserias de Sabelo y de Nasidio y escuche atentamente lo que describo aquí; calle Ovidio al ocuparse de Cadmo y Aretusa, que si en su poema convirtió a aquél en serpiente y a ésta en fuente, no le envidio[197]. Ovidio no transformó jamás dos naturalezas frente a frente de tal modo que sus formas cambiaran también de materia. El hombre y la serpiente se correspondieron de tal suerte, que cuando ésta abrió su cola en forma de horquilla, el herido juntó sus dos pies. Las piernas y los muslos de éste se estrecharon tanto que en poco tiempo no quedaron vestigios de su natural separación. La cola hendida de la serpiente tomaba la figura que iba desapareciendo en el hombre y su piel se hacía blanda al paso que dura se hacía la de aquél. Vi entrar los brazos del condenado en los sobacos y las dos patas de la fiera, que eran cortas, se alargaban tanto cuanto aquéllos se encogían. Las patas de detrás del reptil, retorciéndose, formaban el miembro que el hombre oculta por pudor, y el sexo del miserable se dividió en dos patas. Mientras que el humo daba el color de la serpiente al hombre y viceversa y hacía salir en aquélla el pelo que quitaba a éste, el uno, es decir, la que era transformada en hombre, se levantó y cayó el otro; pero sin dejar de lanzarse miradas feroces, ante las cuales cada uno de ellos cambiaba de rostro. El que estaba en pie lo encogió hasta las sienes y de la carne excedente se le formaron las orejas en sus lisos carrillos. La parte del hocico de la serpiente que no se replegó en la cabeza quedó fuera formando la nariz del rostro humano y abultó al propio tiempo convenientemente los labios. El que estaba en el suelo extendió su boca hacia adelante, e hizo entrar sus orejas en la cabeza, como el caracol hace con sus cuernos; y la lengua, que estaba antes unida y dispuesta para hablar, se hendió, al paso que se unía la lengua hendida del reptil, dejando de lanzar humo. El alma que se había convertido en serpiente huyó silbando por la fosa y el otro, hablando detrás de ella, le escupía. Volviole después la espalda y dijo al otro condenado: «Quiero que Buoso se arrastre por ese camino como yo lo he hecho». De tal modo vi yo, en la séptima fosa, cambiarse y metamorfosearse dos naturalezas; y si mi lenguaje no es florido, sírvame de excusa la novedad del caso.


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