Divina Comedia

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—Cuando me separé de Circe, que me tuvo oculto más de un año en Gaeta, antes de que Eneas le diera este nombre, ni las dulzuras paternales, ni la piedad debida a un padre anciano, ni el amor mutuo que debía hacer dichosa a Penélope, pudieron vencer el ardiente deseo que yo sentía de conocer el mundo y las costumbres y los usos de los humanos. Y así, me lancé por el abierto mar sólo con un navío y con los pocos compañeros que nunca me abandonaron[205]. Vi entrambas costas por un lado hasta España, por otro hasta Marruecos, y la isla de los Sardos y las demás que baña en torno aquel mar. Mis compañeros y yo nos habíamos vuelto viejos y cansados cuando llegamos a la estrecha garganta donde plantó Hércules las dos columnas para que ningún hombre pasase más adelante. Dejé Sevilla a mi derecha, como había dejado ya Ceuta a mi izquierda. «¡Oh, hermanos —dije—, que habéis llegado a Occidente a través de mil peligros!, ya que tan poco os resta de vida, no os neguéis a conocer el mundo inhabitado que se encuentra siguiendo el curso del Sol. Pensad en vuestro origen: no habéis nacido para vivir como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia». Con esta corta arenga infundí en mis compañeros tal deseo de continuar el viaje, que apenas los hubiera podido detener después. Y volviendo la popa hacia el Oriente, de nuestros remos hicimos alas para seguir tan desatentado viaje, inclinándonos siempre hacia la izquierda. La noche veía ya brillar todas las estrellas del otro polo y estaba el nuestro tan bajo que apenas parecía salir de la superficie de las aguas[206]. Cinco veces se había encendido y otras tantas apagado la luz de la Luna desde que entramos en aquel gran mar, cuando apareció una montaña oscurecida por la distancia, que me pareció la más alta que había visto hasta entonces. Nos causó alegría, pero nuestro gozo se trocó bien pronto en llanto, pues de aquella tierra se levantó un torbellino que chocó contra la proa de nuestro buque; tres veces lo hizo girar juntamente con las encrespadas olas y a la tercera lo levantó de popa y sumergió la proa como plugo al Otro, hasta que el mar volvió a cerrarse sobre nosotros[207].


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