Divina Comedia
Divina Comedia Habíase quedado derecha e inmóvil la llama para no decir nada más, y ya se iba alejando de nosotros, con permiso del dulce Poeta, cuando otra que seguía detrás, con el sonido de su crepitar nos hizo volver la mirada hacia ella. Como el toro de Sicilia que, lanzando por primer mugido el llanto del que lo había trabajado con su lima (lo cual fue justo), bramaba con las voces de los torturados dentro de él, de tal suerte que, a pesar de estar construido de bronce, parecía realmente traspasado de dolor[208], así también las palabras lastimeras del espíritu contenido en la llama, no encontrando en toda la extensión de ella ninguna abertura por donde salir, se convertían en el lenguaje del fuego; pero cuando consiguieron llegar a su punta, comunicándole a ésta el movimiento que la lengua les había dado al pasar, oímos decir:
— ¡Oh, tú, a quien me dirijo, y que hace poco hablabas en lombardo diciendo: «Vete, ya no te detengo más»! Aun cuando yo haya llegado tarde, no te pese permanecer hablando conmigo, pues a mí no me pesa no obstante que estoy ardiendo. Si acabas de caer en este mundo lóbrego desde la dulce tierra latina, donde he cometido todas mis faltas, dime si los romañolos están en paz o en guerra, pues fui de las montañas que se elevan entre Urbino y el yugo desde el que el Tíber se desata[209].