Divina Comedia
Divina Comedia ¿Quién podrÃa jamás, ni aun con palabras sin medida, por más que lo intentase muchas veces, describir toda la sangre y las heridas que vi entonces? No existe ciertamente lengua alguna que pueda expresarlo, ni entendimiento que retenga lo que apenas cabe en la imaginación. Si pudiera reunirse toda la gente que derramó su sangre en la infortunada tierra de la Pulia, cuando combatieron los romanos en aquella prolongada guerra en que se recogió tan gran botÃn de anillos, como refiere Tito Livio, y no se equivoca, con aquella otra gente que sufrió tan rudos golpes por contrastar a Roberto Guiscardo y con aquella otra cuyos huesos se recogen aún, tanto en Ceperano, donde el viejo Allard venció sin armas, y fuera posible, además, que todos los combatientes nombrados enseñaran sus miembros rotos y traspasados, ni aún asà se tendrÃa una idea del aspecto que presentaba la novena fosa[212]. Una cuba que haya perdido las duelas del fondo no se vacÃa tan rápidamente como un espÃritu que vi hendido desde la cabeza hasta la parte inferior del vientre: sus intestinos le colgaban por las piernas, se le veÃa el corazón en movimiento y el triste saco donde se convierte en excremento todo cuanto se come. Mientras lo estaba mirando atentamente, me miró y con las manos se abrió el pecho diciendo: