Divina Comedia

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No creo que causara mayor tristeza ver enfermo el pueblo entero de Egina, cuando se inficcionó tanto el aire que perecieron todos los animales, hasta el miserable gusano, habiendo renacido después los habitantes de aquella isla de la raza de las hormigas, según aseguran los poetas[222], como causaba el ver languidecer a los espíritus en tristes montones por aquel oscuro valle. Cual yacía tendido sobre el vientre, cual sobre la espalda y algunos andaban a rastras por el triste camino.

Íbamos caminando paso a paso sin decir una palabra, mirando y escuchando a los enfermos, que no podían sostener sus cuerpos. Vi dos de ellos, sentados y apoyados el uno en el otro, como se apoyan las tejas para ser cocidas, y llenos de pústulas desde la cabeza hasta los pies. Nunca he visto criado alguno, a quien espera su amo o que vela a pesar suyo para tener preparado el caballo al amanecer, como lo era cada uno de aquellos condenados para rascarse con frecuencia y calmar así la terrible rabia de su corazón, que no tenía remedio. Se arrancaban con las uñas las pústulas, como el cuchillo arranca las escamas del escaro o de cualquier otro pescado que las tenga más grandes.

—¡Oh, tú, que con los dedos te despellejas —dijo mi Guía a uno de ellos— y que los empleas como si fueran tenazas! Dime si hay algún latino entre los que están aquí, y ¡ojalá puedan tus uñas bastarte eternamente para ese trabajo!


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