Divina Comedia

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En aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba irritada contra la sangre tebana, como lo demostró más de una vez, Acamante se volvió tan insensato que, al ver acercarse a su mujer llevando de la mano a sus dos hijos, exclamó: «Tendamos las redes de modo que yo coja a su paso la leona con sus cachorros»; y extendiendo después las despiadadas manos agarró a uno de ellos, que se llamaba Learco, le hizo dar vueltas en el aire y lo estrelló contra una roca; la madre se ahogó con el hijo restante. Cuando la fortuna abatió la grandeza de los troyanos, que a todo se atrevían, hasta que el reino fue destruido juntamente con su rey, la triste Hécuba, miserable y cautiva, después de haber visto a Polixena muerta y el cuerpo de su Polidoro tendido a la orilla del mar, quedó con el corazón tan desgarrado, que, fuera de sí, empezó a ladrar como un perro; de tal modo la había trastornado el dolor[225]. Pero ni los tebanos ni los troyanos furiosos demostraron tanta crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos, sino ni siquiera animales, como la que vi en dos sombras desnudas y pálidas, que corrían mordiéndose como el cerdo cuando se escapa de su pocilga. Una de ellas alcanzó a Capocchio y se le afianzó en la nuca de tal modo que, tirando de él, lo hizo arañar con su vientre el duro suelo. El aretino, que quedó temblando, me dijo:

—Este loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los demás[226].


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