Divina Comedia

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—Te lo diré brevemente. Éstos no esperan morir y su ceguera es tanta que se muestran envidiosos de cualquier otra suerte. El mundo no conserva ningún recuerdo suyo y tanto la misericordia como la justicia los desprecian. Pero no hablemos de ellos, sino míralos y pasa adelante[38].

Y yo, fijándome más, vi una bandera que iba ondeando tan de prisa que parecía desdeñosa del menor reposo; tras ella venía tanta muchedumbre que no hubiera creído que la muerte hubiera destruido a tan gran número. Después de haber reconocido a algunos miré más fijamente y vi la sombra de aquel que por cobardía hizo la gran renuncia[39]. Comprendí inmediatamente y adquirí la certeza de que aquella turba era la de los ruines que se hicieron desagradables a los ojos de Dios y a los de sus enemigos. Aquellos desgraciados, que no supieron vivir nunca, estaban desnudos y eran molestados sin tregua por las picaduras de las moscas y avispas que por allí había[40], las cuales hacían correr por sus rostros la sangre que mezclada con sus lágrimas era recogida a sus pies por asquerosos gusanos.

Habiendo dirigido mis miradas a otra parte, vi nuevas almas a la orilla de un gran río, por lo cual dije:

—Maestro, dígnate manifestarme por qué ley parecen ésos tan ansiosos de atravesar el río, según puedo ver a favor de esta débil claridad.

Y él me respondió:


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