Divina Comedia
Divina Comedia El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temà la muerte más que nunca y al no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara para hacerme morir el miedo que me poseÃa. Seguimos avanzando y llegamos donde estaba Anteo[239], que, sin contar la cabeza, salÃa fuera del pozo lo menos cinco alas[240].
—¡Oh, tú, que en el afortunado valle donde Escipión recibió tanta gloria cuando AnÃbal y los suyos volvieron las espaldas, te alimentabas de leones, y que si hubieras asistido a la gran guerra de tus hermanos, aún hay quien cree que hubieras asegurado la victoria a los hijos de la Tierra! Si no lo tienes a mal, condúcenos al fondo en donde el frÃo endurece al Cocito[241]. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo[242]: este que ves puede dar la fama que aquà se desea porque no existe; por tanto, inclÃnate y no tuerzas la boca. TodavÃa puede renovar tu fama en el mundo, pues vive, y espera gozar aún de larga vida, si la Gracia no lo llama a sà antes de tiempo.
—Asà le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi GuÃa. Cuando Virgilio se sintió agarrar, me dijo: «Acércate, para que yo te sujete». Y en seguida me abrazó de modo que los dos formábamos un solo fardo.