Divina Comedia

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—Tú quieres que renueve el desesperado dolor que oprime mi corazón sólo al pensar en él y aun antes de hablar. Pero si mis palabras deben ser un germen de infamia para el traidor a quien devoro, me verás llorar y hablar a un mismo tiempo. No sé quién eres ni de qué medios te has valido para llegar hasta aquí, pero al oírte me pareces efectivamente florentino. Has de saber que yo fui el conde Ugolino y éste, el arzobispo Ruggieri[249]; ahora te diré por qué lo trato así. No es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos, y fiándome de él, fui preso y muerto después. Pero te contaré lo que no puedes haber sabido, esto es, lo cruel que fue mi muerte, y comprenderás cuánto me ha ofendido. Un pequeño agujero abierto en la torre que por mi mal se llama hoy del Hambre, y en la que todavía serán encerrados otros, me había permitido ver por su hendidura ya muchas lunas, cuando tuve el mal sueño que descorrió para mí el velo del porvenir. Ruggieri se me aparecía como señor y caudillo, cazando el lobo y los lobeznos en el monte que impide a los pisanos ver la ciudad de Lucca. Se había hecho preceder de los Gualandi, de los Sismondi y los Lanfranchi, que iban a la cabeza con perros hambrientos, diligentes y amaestrados. El lobo y sus hijuelos me parecieron rendidos después de una corta carrera y creí ver que aquéllos les desgarraban los costados con sus agudas presas. Cuando desperté, antes de la aurora, oí llorar entre sueños a mis hijos, que estaban conmigo y pedían pan. Bien cruel eres si no te encuentras pensando en lo que aquello anunciaba a mi corazón, y si ahora no lloras no sé lo puede excitar tus lágrimas. Estábamos ya despiertos y se acercaba la hora en que solían traernos nuestros alimentos, pero todos dudábamos porque cada cual había tenido un sueño semejante. Oí que clavaban la puerta de la horrible torre, por lo cual miré el rostro de mis hijos sin decir palabra; yo no podía llorar porque el dolor me tenía como petrificado. Pero lloraban ellos, y mi Anselmito me dijo: «¿Qué tienes, padre, que así nos miras?». Sin embargo, no lloré ni respondí una palabra en todo aquel día, ni en la noche siguiente, hasta que otro sol alumbró el mundo. Cuando entró en la dolorosa prisión unos de sus débiles rayos y consideré en aquellos cuatro rostros el aspecto que debería tener el mío, empecé a morderme las manos, desesperado: Y ellos, creyendo que yo lo hacía obligado por el hambre, se levantaron con presteza y dijeron: «Padre, nuestro dolor será mucho menor si nos comes a nosotros; tú nos diste estas miserables carnes: despójanos, pues de ellas». Entonces me calmé para no entristecerlos más y aquel día y el siguiente permanecimos mudos. ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando llegamos al cuarto día, Gaddo se tendió a mis pies, diciendo: «Padre mío, ¿por qué no me auxilias?». Allí murió; y lo mismo que me estás viendo, vi yo caer a los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto día. Ciego ya, fui a tientas buscando a cada cual, llamándolos durante tres días después de estar muertos; hasta que al fin, pudo en mí más la inedia que el dolor[250].


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