Divina Comedia

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Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvió a coger el miserable cráneo con los dientes, que royeron el hueso como los de un perro. ¡Ay, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país donde el «si» suena[251]!. Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte, muévanse la Capraia y la Gorgona[252] y formen un dique en la desembocadura del Arno, para que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el conde Ugolino fue acusado de haber vendido tus castillos, no debiste someter a sus hijos a tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, ¡oh, nueva Tebas[253]!, la inocencia de Uguccion y Brigata y la de los otros dos que ya he nombrado.

Seguimos luego más allá, donde el hielo oprime duramente a otros condenados que no están con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia arriba. Su mismo llanto no les deja llorar, pues las lágrimas que, al salir, encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la angustia. Porque las primeras lágrimas forman un dique de cristal y llenan debajo de los párpados toda la cavidad del ojo. Y aunque mi rostro, a causa del gran frío, había perdido toda sensibilidad, como si estuviera encallecido, me pareció que sentía algún viento, por lo cual dije:

—Maestro, ¿qué causa mueve este viento? ¿No está extinguido aquí todo vapor?

A lo cual me contestó:


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