Divina Comedia
Divina Comedia Entonces se aquietaron las velludas mejillas del barquero de las lívidas lagunas, que tenía círculos de llamas alrededor de sus ojos. Pero aquellas almas, que estaban desnudas y fatigadas, no bien oyeron tan terribles palabras, cambiaron de color, rechinando los dientes, blasfemando de Dios, de sus padres, de la especie humana, del sitio y del día de su nacimiento, de la prole de su prole y de su descendencia. Después se retiraron todas juntas, llorando fuertemente, hacia la orilla maldita en donde se espera a todo aquel que no teme a Dios. Carón, con los ojos de ascuas, haciendo una señal, las fue reuniendo, golpeando con su remo a las que se rezagaban; y así como en otoño van cayendo las hojas una tras otra hasta que las ramas han devuelto a la tierra todos sus despojos, del mismo modo la malvada raza de Adán se lanzaba una a una desde la orilla a aquella señal, como pájaro que acude al reclamo[44]. De esta suerte se fueron alejando por las negras ondas; pero antes de que hubieran saltado a la orilla opuesta se reunió otra nueva muchedumbre en la que aquéllas habían dejado.
—Hijo mío —me dijo el cortés Maestro—, los que mueren en la cólera de Dios acuden aquí de todos los países y se apresuran a atravesar el río, espoleados de tal suerte por la justicia divina, que su temor se convierte en deseo. Por aquí no pasa nunca un alma pura; por lo cual, si Carón se irrita contra ti, ya conoces ahora el motivo de sus desdeñosas palabras.