Divina Comedia
Divina Comedia —Si lo sabéis, indicadnos el camino que conduce a la montaña.
Virgilio respondió:
—¿Por ventura creéis que conocemos este sitio? Somos aquà tan nuevos como vosotros y hemos llegado poco antes que vosotros por otro camino tan rudo y áspero que el subir esta montaña será para nosotros ahora cosa de juego.
Las almas, que advirtieron, por mi respiración, que yo estaba aún vivo, palidecieron de asombro; y asà como se agolpa la gente en derredor del mensajero coronado de olivo para oÃr sus noticias[13], sin temor de empujarse y pisarse unos a otros, asà se agolparon en torno mÃo todas aquellas almas afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a embellecerse. Vi una de ellas que se adelantó para abrazarme con tales muestras de afecto, que me movió a hacer lo mismo con ella; pero ¡oh, sombras vanas excepto para la vista! Tres veces quise rodearla con mis brazos y otras tantas volvieron éstos a caer sobre mi pecho. Creo que la admiración debió pintarse en mi rostro, porque la sombra sonrió y se retiró. Y yo, siguiéndola, continué avanzando. Me dijo con voz suave que me detuviese. Conocà entonces quién era, y habiéndole rogado que se parase un momento para hablarme, respondiome: