Divina Comedia
Divina Comedia Cuando, acabado el juego de dados, se separan los jugadores, el que pierde se queda triste pensando en las jugadas y aprendiendo entonces con sentimiento el modo de que debió valerse para ganar; los circunstantes se van acompañando al que ha ganado, y, unos por delante, otros por detrás y otros a su lado, procuran hacerse presentes al afortunado; éste no se detiene aunque los escucha a todos, hasta que da algo a alguien, que por ello deja de hostigarlo, librándose así de los empujones de la multitud. Así estaba yo en medio de aquella compacta muchedumbre de almas, volviendo a uno y a otro lado el rostro, hasta que, merced a mis promesas, pude desprenderme de ellas. Allí estaban el Aretino, que recibió la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro que se ahogó al darle caza sus enemigos. Allí oraba, con los brazos extendidos, Federico Novello y aquel de Pisa que dio ocasión de demostrar la grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso y a aquella alma separada de su cuerpo por hastío y por envidia, como ella misma decía, y no por sus culpas: me refiero a Pedro de la Brosse. Y es menester que provea en ello la princesa de Brabante, mientras esté en vida, si no quiere verse colocada entre peores compañeros[36].
Cuando me vi libre de todas aquellas sombras que rogaban para que otros rogasen por ellas, a fin de abreviar su tiempo de purificación, empecé a decir: