Divina Comedia

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Después de haber estado conversando entre sí un rato, se volvieron hacia mí dirigiéndome un amistoso saludo, que hizo sonreír a mi Maestro y concediéndome después la honra de admitirme en su compañía, de suerte que fui el sexto entre aquellos grandes genios. Así fuimos andando hasta donde estaba la luz, hablando de cosas que es bueno callar, como bueno era hablarlas en el sitio en que nos encontrábamos[52]. Llegamos al pie de un noble castillo, rodeado siete veces de altas murallas y defendido todo alrededor por un bello riachuelo[53]. Pasamos sobre éste como sobre tierra firme y atravesando siete puertas con aquellos sabios llegamos a un prado de fresca verdura. Allí había personajes de mirada tranquila y grave, cuyos semblantes revelaban una gran autoridad, hablaban poco y con voz suave. Nos retiramos luego hacia un extremo de la pradera, a un sitio despejado, alto y luminoso, donde podían verse todas aquellas almas. Allí, en pie sobre el verde esmalte, me fueron señalados los grandes espíritus cuya contemplación me hizo estremecer de alegría[54]. Allí vi a Electra con muchos de sus descendientes, entre los que conocí a Héctor y a Eneas; después a César, armado, con sus penetrantes ojos. Vi en otra parte a Camila y a Pentesilea, y vi al rey Latino, que estaba sentado al lado de su hija Lavinia; vi a aquel Bruto que arrojó a Tarquino de Roma; a Lucrecia también, a Julia, a Marcia y a Cornelia y a Saladino, que estaba solo y separado de los demás. Habiendo levantado después la vista, vi al maestro de los que saben, sentado entre su filosófica familia. Todos lo admiran, todos lo honran; vi además a Sócrates y a Platón, que estaban más próximos a aquél que a los demás; a Demócrito, que pretende que el mundo ha tenido por origen la casualidad; a Diógenes, a Anaxágoras y a Tales, a Empédocles, a Heráclito y a Zenón; vi al buen observador de la cualidad, es decir, a Dioscórides, y vi a Orfeo, a Tulio y a Lino, y al moralista Séneca; y al geómetra Euclides, a Tolomeo, Hipócrates, Avicena y Galeno, y a Averroes, que hizo el gran comentario. No me es posible acordarme de todos, porque me arrastra el largo tema que he de seguir y muchas veces las palabras son breves para el asunto. Bien pronto la compañía de seis queda reducida a dos: mi sabio guía me conduce por otro camino fuera de aquella inmovilidad hacia un aura temblorosa, y llegamos a un punto privado totalmente de luz.


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