Divina Comedia
Divina Comedia Nos adelantamos: el primer escalón era de mármol blanco, tan bruñido y terso, que me reflejé en él tal como soy; el segundo, más oscuro que el color turquí, era de una piedra calcinada y áspera, resquebrajada a lo largo y de través; el tercero, que gravitaba sobre los demás, me parecía de un pórfido tan rojo como la sangre que brota de las venas[62]. Sobre este último tenía ambas plantas el ángel de Dios, el cual estaba sentado en el umbral, que me pareció formado de diamantes. Mi Guía me condujo de buen grado por los tres escalones, diciendo:
—Pide humildemente que se abra la cerradura.
Me postré devotamente a los pies santos y le pedí por misericordia que abriese, pero antes me di tres golpes en el pecho. Con la punta de la espada me trazó siete veces en la frente la letra «P[63]», y dijo:
—Procura lavar estas manchas cuando estés dentro.
En seguida sacó de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la ceniza o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y la otra de plata; primero con la blanca y luego con la amarilla hizo en la puerta lo que yo deseaba[64].