Divina Comedia

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Lector: bien ves cómo elevo el objeto de mis cantos; no te admire, pues, si procuro sostenerlo cada vez con más arte[61]. Nos aproximamos hasta llegar al sitio que antes me había parecido una rotura, semejante a la brecha que divide un muro; y vi una puerta a la cual se subía por tres gradas de diferentes colores, y un portero que aún no había proferido palabra alguna. Y como yo abriese cada vez más los ojos, lo vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro que no podía fijar en él mi vista. Tenía en la mano una espada desnuda, que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal modo que en vano intenté fijar en ella mis miradas.

—Decidme desde ahí: ¿qué queréis? —empezó a decir—. ¿Dónde está el que os acompaña? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.

—Una dama del Cielo, enterada de estas cosas —le respondió mi Maestro—, nos ha dicho hace poco: «Id allí; aquélla es la puerta».

—Ella guíe felizmente vuestros pasos —replicó el cortés portero—. Llegad, pues, y subid estas gradas.



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