Divina Comedia
Divina Comedia —No temas —dijo mi Señor—; tranquilÃzate, que estamos en buen lugar. Da rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado ya junto al Purgatorio. Mira allà el muro que lo cerca en derredor y mira la entrada en aquel sitio donde parece estar roto. Durante el alba que precede al dÃa, cuando tu alma dormÃa dentro del cuerpo sobre las flores que allá abajo adornan el suelo, vino una dama y dijo: «Yo soy LucÃa[60]; déjame coger a ese que duerme y haré que recorra más ágilmente su camino». Sordello se quedó con las otras dos nobles sombras; ella te cogió y cuando fue de dÃa se vino hacia arriba y yo seguà sus huellas. Aquà te dejó, habiéndome antes designado con sus bellos ojos aquella entrada abierta. Después, ella y tu sueño desaparecieron al mismo tiempo.
Me quedé como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre y cuyo miedo se trueca en fortaleza cuando le han descubierto la verdad. Mi GuÃa, viéndome tranquilo, empezó a subir por la calzada y yo seguÃa tras él hacia lo alto.