Divina Comedia

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A la hora de amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes endechas, quizá en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro espíritu, más libre de los lazos de la carne y menos asediado de pensamientos, es casi adivino en sus visiones, pareciome ver entre sueños un águila con plumas de oro suspendida en el cielo, con las alas abiertas y preparada para bajar, y creía estar allí donde Ganimedes abandonó a los suyos cuando fue arrebatado a la celestial asamblea[58]. Yo pensaba entre mí: «Quizá este águila tenga la costumbre de cazar aquí solamente y puede ser que en otro sitio se desdeñe de levantar en alto la presa con sus garras». Después me pareció que, dando algunas vueltas, bajaba terrible como un rayo y me arrebataba hasta la esfera del fuego, donde parecía que ardiésemos los dos, y de tal modo me quemaba aquel incendio imaginario que se interrumpió súbitamente mi sueño. No de otra suerte se sobresaltó Aquiles revolviendo en torno suyo sus ojos desvelados y sin saber dónde se encontraba cuando su madre, robándolo a Quirón, lo transportó dormido en sus brazos a la isla de Scyros, de donde lo sacaron después los griegos[59], como me sobresalté yo, apenas huyó el sueño de mi rostro; me puse pálido como el hombre a quien hiela el espanto. A mi lado estaba únicamente mi Protector. El Sol había salido hacía ya más de dos horas, y yo me hallaba con la cara vuelta hacia el mar.


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