Divina Comedia

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—Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que tú no quieres hacer por mí; pero, pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia en ti, no dejaré de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que soy Guido del Duca; de tal modo abrasó la envidia mi sangre, que cuando veía un hombre feliz hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro. Por eso ahora siego la mies de mi simiente. ¡Oh raza humana!, ¿por qué pones tu corazón en lo que requiere una posesión exclusiva? Este es Rinieri, honra y prez de la casa de Calboli, la cual no ha tenido después ningún heredero de sus virtudes. Y no es sólo su descendencia la que, entre el Po y los montes, el mar y el Reno, se encuentra hoy despojada de los bienes que entrañan la verdad y subliman el ánimo; pues dentro de esos límites todo el terreno está cubierto de plantas venenosas, de tal modo que tarde podrá volvérsele a poner en cultivo. ¿Dónde están el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro Traversaro y Guido de Carpigna? ¡Oh romañolos, raza bastardeada! ¿Cuándo nacerá en Bolonia un nuevo Fabbro? ¿Cuándo en Faenza echará raíces otro Bernardino di Fosco, hermoso tronco salido de una insignificante semilla? No te asombres, toscano, si ves que lloro al recordar a Guido de Prata y a Ugolino de Azzo, que vivió entre nosotros; a Federico Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y a los Anastagi, casas ambas que están hoy desprovistas de la virtud de sus mayores[92]; no te extrañe mi duelo al recordar a las damas y a los caballeros, las empresas y la nobleza que inspiraban amor y cortesía allí, donde ahora han llegado a ser tan depravados los corazones[93]. ¡Oh Brettinoro!, ¿por qué no desapareciste cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron para no ser culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y, por el contrario, hace mal Castrocaro, y peor Conio, que se empeña en procrear tales condes. Los Pagani se portarán bien cuando huya el demonio, pero no tanto que consigan dejar de sí un buen recuerdo. ¡Oh Ugolino de Fantoli!, tu nombre está bien seguro, pues no es de esperar que haya nadie que, por degenerado que sea, pueda sobrepasarte. Pero déjame, toscano, que ahora me son más gratas las lágrimas que las palabras: tanto es lo que me ha oprimido la mente nuestra conversación[94].


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