Divina Comedia
Divina Comedia Sabíamos que aquellas almas queridas nos oían andar y, pues que callaban, debíamos estar seguros del camino que seguíamos. Luego que andando nos encontramos solos llegó directamente a nosotros una voz, que hendió el aire como un rayo diciendo: «El que me encuentre debe darme la muerte»; y huyó como el trueno que se aleja cuando de pronto se desgarra la nube. Apenas cesamos de oírla, percibimos otra, la cual retumbó con gran estrépito, semejante al trueno que sigue inmediatamente al relámpago: «Yo soy Aglauro, que me convertí en piedra[95]». Entonces, para unirme más al Poeta, di un paso hacia atrás y no hacia adelante. Ya se había calmado el aire por todas partes, cuando él me dijo:
—Aquél fue el duro freno que debería contener al hombre en sus límites; pero mordéis tan fácilmente el cebo que os tiende en su anzuelo el antiguo adversario, sirviéndoos de poco el freno o reclamo… El Cielo os llama y gira en torno vuestro mostrándoos sus bellezas, y sin embargo vuestras miradas se dirigen siempre hacia la Tierra. Por lo cual os castiga Aquel que lo ve todo.