Divina Comedia
Divina Comedia Caminando ya el Sol hacia la noche, parecÃa quedarle por recorrer tanto espacio como el que media entre el principio del dÃa y el punto donde aquél señala el término de la hora tercia en la esfera que, cual niño inquieto, se mueve continuamente: allà era ya la tarde y aquà medianoche[96]. Los rayos solares nos herÃan de lleno en el rostro, porque habÃamos dado la vuelta en derredor de la montaña e Ãbamos directamente hacia el ocaso; cuando sentà que el resplandor deslumbraba mis ojos mucho más que antes y, siéndome desconocida la causa, me quedé estupefacto. Levanté las manos y me formé con ellas una sombra encima de las cejas como protección contra el exceso de luz. Como cuando en el agua o en el espejo rebota el rayo luminoso, elevándose al lado opuesto de idéntica manera a como desciende, y desviándose por ambas partes a igual distancia de la caÃda de la piedra, según demuestran la experiencia y el arte, asà me pareció ser herido por una luz que delante de mà se reflejaba, por lo cual aparté de ella presurosamente los ojos[97].
—¿Qué es aquello, amado Padre, de que no puedo, por más que haga, resguardar mi vista —dije—, y que parece venir hacia nosotros?