Divina Comedia

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—¿Qué tienes, que no puedes sostenerte? Has andado más de media legua con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que está dominado por el vino o por el sueño.

—¡Oh amado padre mío! —dije yo—; si me prestas atención te diré lo que se me ha aparecido mientras mis piernas vacilaban.

Y él a su vez:

—Aunque tuvieras cien máscaras que ocultaran tu rostro adivinaría yo hasta tus menores pensamientos. Lo que has visto te ha sido revelado para que no te excuses de abrir el corazón al agua de la paz, que mana de la fuente eterna[103]. Te he preguntado qué te ocurría no porque me dijeras lo que hace el que tiene los ojos entornados cuando se ha apoderado algún sopor de su cuerpo, sino para que tus pies recobrasen fuerzas. Es preciso estimular así a los perezosos, demasiado lentos en emplear el tiempo de sus vigilias, cuando, una vez despiertos, recobran el imperio de su voluntad.

Seguíamos nuestro camino cuando ya oscurecía, mirando atentamente lo más que podían nuestros ojos por entre los luminosos rayos vespertinos, cuando vimos adelantarse poco a poco hacia nosotros una humareda oscura como la noche, sin que hubiese por allí un sitio donde guarecerse de ella, y que nos privó del uso de la vista y del aire puro.


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