Divina Comedia
Divina Comedia Cuando iba a decir: «Me has dejado satisfecho», observé que habíamos llegado a otro círculo, por lo cual, ocupado en pasear por él mis anhelantes miradas, guardé silencio. Allí me pareció que era súbitamente arrebatado en éxtasis y que veía un templo con muchas personas y una mujer a la entrada de él exclamando, en la dulce actitud de una madre: «Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos angustiados[100]». Cuando se calló, desapareció lo que antes se me había aparecido. Después se ofreció a mi vista otra mujer, por cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que destila el dolor cuando procede de un gran despecho contra otro. Ésta decía: «Si eres señor de la ciudad cuyo nombre originó tanta contienda entre los hombres y en la que toda ciencia destella, véngate de los atrevidos brazos que abrazaron a nuestra hija, ¡oh Pisístrato!». Y este señor bondadoso y clemente le respondía con rostro sereno: «¿Qué haremos con quien nos quiere mal si condenamos al que nos ama?»[101]. Después vi a varios hombres abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven y diciéndose a grandes gritos unos a otros «¡Martirízalo, martirízalo!»[102]. Y lo contemplaba encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte, que ya lo derribaba, pero haciendo de sus ojos puertas para llegar al Cielo y rogando al Señor, en medio de aquel martirio y con aquel aspecto que excita a la piedad, que perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma volvió a contemplar las cosas reales que ante mí había, me di cuenta que había estado soñando cosas, aunque lo que soñaba era verdad. Mi Guía, que me veía hacer lo que un hombre que sale de un sueño, me dijo: