Divina Comedia
Divina Comedia —¡Oh Marco mĂo! —dije yo—. Razonas bien y ahora comprendo por quĂ© fueron excluidos de heredar los hijos de LevĂ. Pero ÂżquĂ© Gherardo es ese a quien tienes por un sabio y por ejemplo de una raza extinguida, lo que es una vergĂĽenza para estos tiempos salvajes?
—O tus palabras me engañan o me tientan —respondiome—; pero, a pesar de hablarme en toscano, parece que no sepas nada del buen Gherardo. Yo no le conozco ningĂşn sobrenombre, a no ser que lo tome de su hija Gaya. Dios sea con vosotros, que no puedo seguiros más. Mira el albor que ya clarea, brillando a travĂ©s del humo: me es preciso partir antes de que aparezca el ángel que está allĂ.
Asà dijo y no quiso escuchar más.