Divina Comedia

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—¡Oh almas en quienes un fervor ardiente compensa ahora la negligencia y la tardanza que empleasteis para el bien! Éste, que vive aún, y no os engaño, quiere ir allá arriba en cuanto el Sol brille de nuevo: decidnos, pues, dónde está la subida.

Tales fueron las palabras de mi Guía; y uno de aquellos espíritus dijo:

—Ven tras de nosotros y la encontrarás. Estamos tan deseosos de avanzar que no podemos detenernos; perdona, pues, si lo que hacemos por justo castigo te parece una descortesía. Yo fui abad en San Zenón de Verona, durante el imperio del buen Barbarroja, de quien todavía se lamenta Milán. Hay quien tiene ya un pie en la fosa, que pronto llorará por aquel monasterio, entristeciéndole el poder que allí tuvo. Porque en lugar de un verdadero pastor ha puesto en él a un hijo suyo, malo de cuerpo, peor aún de espíritu y nacido de mal consorcio[119].

No sé si dijo más o si se calló: tan lejos se encontraba ya de nosotros. Pero esto es lo que oí y me pareció bien retenerlo en la memoria. Y aquel que era el socorro de todas mis necesidades dijo:

—Vuélvete hacia aquí; mira a esos dos que vienen mordiendo a la Pereza.


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