Divina Comedia

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La Luna, que salió tarde y casi a medianoche, hacía que nos parecieran más escasas las estrellas; semejante a un caldero encendido, recorría el cielo por aquel camino que inflama el Sol cuando el habitante de Roma lo ve caer entre Córcega y Cerdeña; y aquella sombra gentil, por quien Piétola goza de más fama que la ciudad de Mantua[116], se hallaba descargada del peso de mis preguntas. Por lo cual yo, que había recibido claras y sólidas razones con respecto a todas ellas, estaba como el hombre que sorprendido por el sueño no piensa en nada. Pero esta somnolencia me fue desvanecida de improviso por mucha gente que avanzaba ya detrás de nosotros; y así como en otro tiempo el Ismeno y el Asopo vieron correr de noche por sus orillas una muchedumbre de tebanos para tener propicio a Baco[117], así avanzaban por aquel círculo, según pude ver, los que eran estimulados por una buena voluntad y un justo amor. En breve llegaron hasta nosotros; porque toda aquella gran turba venía corriendo y los dos de delante gritaban llorando: «María se dirigió con suma celeridad a la montaña y César, por subyugar a Ilerda, dejó Marsella para pasar a España[118]». Y otros iban exclamando en pos de ellos: «Pronto, pronto, que el tiempo no se pierda por poco amor, a fin de que el anhelo de las buenas obras haga reverdecer la gracia».



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