Divina Comedia
Divina Comedia A la hora en que el calor del día, vencido por la Tierra y, algunas veces, por Saturno, no puede ya templar el frío de la Luna; cuando los geománticos ven, antes del alba, elevarse de Oriente «su mayor fortuna[121]», por aquella parte del Cielo que ya por poco tiempo había de permanecer oscura, se me apareció en sueños una mujer: bizca, con los pies torcidos, manca y de amarillento color. Yo la miraba; y así como el Sol reanima los miembros entorpecidos por el frío de la noche, de igual manera mi mirada hacía expedita su lengua y erguía su cuerpo en un instante y coloreaba su marchito rostro hasta hacerlo tan bello como requieren las reglas del amor. Cuando tuvo la lengua suelta empezó a cantar de tal modo que con trabajo hubiera podido separar mi atención de ella. «Yo soy —decía—, yo soy dulce sirena, que distraigo a los marinos en medio del mar: tanto es el placer que hago sentir. Con mi canto aparté a Ulises de su camino errante. Y el que conmigo se aviene, rara vez se va, de tal modo lo fascino». Aún no se había cerrado su boca, cuando apareció a mi lado otra mujer, ésta santa y pronta a confundirla: «¡Oh Virgilio, Virgilio! ¿Quién es ésta?», decía con altivez, mientras mi Maestro se acercaba con los ojos fijos solamente en ella. Entonces, la recién llegada cogió a la otra, y desgarrando sus vestiduras la descubrió por delante y me mostró su vientre. La pestilencia que de él salía me despertó[122]. Volví los ojos y el buen Virgilio me dijo: