Divina Comedia

Divina Comedia

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—Lo menos te he llamado tres veces; levántate y ven. Busquemos la abertura por donde hemos de entrar.

Me levanté. Todos los círculos del sagrado monte estaban ya inundados por la luz del día y continuamos caminando, teniendo el Sol a nuestra espalda. Mientras lo seguía, tenía yo la frente inclinada como aquel a quien abruman los pensamientos, cuando oí decir: «Venid, por aquí se pasa». Estas palabras fueron pronunciadas con un tono grave y benigno, como no se oye en esta región mortal. Con las alas abiertas, que me parecían de cisne, el que nos había hablado así nos dirigió hacia arriba por entre las dos laderas del áspero peñasco. Movió después sus plumas y aventó mi frente, afirmando que son bienaventurados «qui lugent», porque sus almas serán ricas de consuelo[123].

—¿Qué tienes, que sólo miras hacia el suelo? —me preguntó mi Guía cuando estuvimos poco más arriba del ángel.

Y yo le contesté:

—Me hace ir de este modo, suspenso y caviloso, una visión reciente, la cual me atrae hacia sí de suerte que no puedo eximirme de pensar en ella.


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