Divina Comedia
Divina Comedia Yo me habÃa arrodillado y quise hablar, pero cuando empezaba, el espÃritu advirtió, con sólo escuchar, este acto de reverencia, y me dijo:
—¿Por qué te inclinas al suelo de ese modo?
Le contesté:
—Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad.
—Endereza tus piernas y levántate, hermano —repuso—; no te engañes. Como tú y los demás, soy servidor de la misma potestad. Si has podido comprender aquellas palabras evangélicas que dice «neque nubent», bien puedes ver por qué hablo asÃ[128]. Vete ya; no quiero que te detengas por más tiempo, que tu permanencia aquà da treguas al llanto con el que acelero lo que tú has dicho antes. Tengo allá abajo una sobrina, que se llama Alagia, naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya pervertido con su ejemplo[129]. Ella sola me queda ya en el mundo.