Divina Comedia
Divina Comedia Nos habíamos separado ya de aquel espíritu y procurábamos avanzar por el camino cuanto nos era posible, cuando sentí retemblar el monte como si se hundiera, por lo cual me sobrecogió un frío sólo comparable al de aquel que va a morir. No se estremeció en verdad tan fuertemente Delos antes de que Latona anidase en ella para dar a luz los dos ojos del Cielo[134]. Después resonó por todos los ámbitos de la montaña tal grito que el Maestro se acercó a mí diciendo:
—No vaciles mientras yo te guíe.
«Gloria in excelsis Deo», decían todos, según comprendí por las voces que salían de los puntos cercanos. Nos quedamos inmóviles y suspensos, como los pastores que por primera vez oyeron aquellas palabras, hasta que cesó el temblor y acabó el himno. Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que yacían por el suelo vueltas boca abajo y exhalando sus acostumbrados llantos. Si la memoria no me es infiel, jamás la ignorancia de una cosa incitó con tanto empeño mi deseo de saber como entonces, pensando en lo que había podido ocurrir para producir aquel terremoto. Y como, por la premura de nuestra marcha, no me atrevía a preguntar ni por mí mismo podía comprender nada, caminaba tímido y pensativo.