Divina Comedia

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—Te lo diré —me contestó—, no porque espere consuelo alguno que proceda de allá, sino porque brilla en ti tanta gracia antes de haber muerto. Yo fui raíz de la mala planta que arroja hoy sobre toda la tierra cristiana tan nociva sombra que apenas se recoge en ella ningún fruto bueno. Pero si Douai, Gante, Lila y Brujas pudieran, pronto tomarían venganza; y yo se la pido a Aquel que lo juzga todo. En el mundo me llamé Hugo Capeto; de mí descienden los Felipes y los Luises que en estos últimos tiempos rigen la Francia. Hijo fui de un carnicero de París. Cuando faltaron los antiguos reyes, salvo uno que se revistió de paños grises, empuñé las riendas del gobierno del reino, y en mi nueva posición adquirí tal poder y tantos amigos, que la corona vacante fue colocada en la cabeza de mi hijo, en quien comienza la estirpe consagrada de los nuevos reyes. Mientras la gran adquisición de los estados provenzales no quitó la vergüenza a mi familia, ésta valió poco, pero en cambio no hizo daño. Pero allí dio principio a sus rapiñas empleando la fuerza y la mentira. Luego, para enmendarse, usurpó el Ponthieu, la Normandía y la Gascuña. Carlos fue a Italia y, para no ser menos, hizo una víctima de Conradino y después envió al Cielo a Tomás, también para ser digno de sus indignos antecesores. Veo un tiempo, no muy lejano, en que saldrá de Francia otro Carlos para darse a conocer mejor a sí mismo y a los suyos. Sale sin armas y sólo con la lanza con que luchó Judas y la maneja de modo que con ella abre y vacía el vientre de Florencia. En esta ocasión no adquirirá comarcas, sino pecados y oprobio, tanto más gravosos para él cuanto más leve le parezca semejante daño. Veo al otro que ya salió, y que cayó prisionero en un bajel, vender a su hija regateando el precio, como hacen los corsarios con sus esclavos. ¡Oh avaricia! ¿Qué más puedes hacer, cuando te has apoderado de mi estirpe tanto, que no se cuida de su propia carne? Y a fin de que parezca mejor el mal futuro y el pasado, veo a la Flor de Lis entrar en Alagni y a Cristo prisionero en la persona de su vicario. Véolo otra vez entregado al ludibrio, veo renovar la hiel y el vinagre, y lo veo morir entre otros dos ladrones. Veo tan cruel al nuevo Pilatos, que no le basta con esto y, sin dictar sentencia, lleva hasta el templo sus codiciosos deseos. ¡Oh, Señor mío! ¿Cuándo tendré la dicha de contemplar la venganza que, oculta en tus arcanos, hace agradable tu justicia[132]?. En cuanto a lo que yo decía de la única Esposa del Espíritu Santo, lo cual hizo que te volvieses hacia mí para obtener alguna explicación, te diré que esto forma parte de nuestras oraciones durante el día; mas luego que anochece recitamos en su lugar ejemplos contrarios. Entonces recordamos a Pigmalión, a quien su pasión por el oro hizo traidor, ladrón y parricida; y la miseria del avaro Midas, consecuencia de su petición desmesurada, que será siempre motivo de burla. Recordamos también al insensato Acham y cómo robó los despojos del enemigo, de suerte que aun aquí parece que lo persiga la ira de Josué. Después acusamos a Safira y a su marido, alabamos los pies que pisotearon a Heliodoro, y por todo el monte circula infamado el nombre de Polinéstor, que mató a Polidoro. Por último, gritamos: «¡Oh Craso! Dinos, pues no lo ignoras, qué sabor tiene el oro[133]». A veces hablamos unos en alta voz, otros en voz baja, según el ejemplo que a ello nos estimula con más o menos fuerza. Por lo demás, no era yo sólo quien antes recordaba los buenos ejemplos de que nos ocupamos durante el día; pero no hay ningún otro espíritu por aquí cerca.


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