Divina Comedia

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Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia mí con un además que tácitamente decía: «Cállate». Pero la voluntad no lo puede todo, porque la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasión de la que proceden que en los hombres más sinceros se manifiestan sin querer. Así es que yo me sonreí, como quien muestra estar en inteligencia con otro. Por lo cual la sombra se calló y me miró a los ojos, que es donde más se refleja el pensamiento.

—¡Ah! ¡Ojalá puedas llevar a buen término tu camino! —dijo—; mas ¿por qué tu rostro me ha mostrado ahora ese relámpago de sonrisa?

Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar y el otro me pedía que hablase. Por lo cual suspiré y fui comprendido.

—Puedes hablar sin temor —me dijo mi Maestro—; habla y contesta a lo que pregunta con tanto empeño.

Contesté, pues:

—Quizá te asombres, antiguo espíritu, de mi sonrisa, pero quiero causarte un mayor asombro. Éste, que guía mis ojos hacia arriba, es aquel Virgilio de quien aprendiste a cantar en sublimes versos los actos de los hombres y de los dioses. Si creíste que mi sonrisa tenía otra causa, cree ahora que sólo procedía de las palabras que pronunciaste con respecto a él.

Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Señor, pero éste le dijo:


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