Divina Comedia
Divina Comedia Asà habló; y como el hombre goza tanto más en beber cuanta mayor sed tiene, no sabré decir el contento que me dio. Mi Sabio le dijo:
—Ahora veo la red en que estáis prendidos y de qué manera os libráis de ella, y la causa del temblor del monte y la de que os congratuléis. Hazme saber ahora, si lo tienes a bien, quién fuiste y por qué has estado aquà tendido durante tantos siglos. PermÃteme conocerlo por tus palabras.
—En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo Rey, vengó las heridas por donde habÃa salido la sangre que vendió Judas —respondió aquel espÃritu—, estaba yo allá abajo llevando el nombre que más dura y honra más, bastante famoso ya, pero todavÃa sin fe. Fue tan dulce mi canto, que, a pesar de ser tolosano, Roma me llamó y allà merecà que coronaran de mirto mis sienes. Aún me llama Estacio la gente que allà vive. Canté a Tebas y después al gran Aquiles, aunque caà en el camino llevando esta segunda carga. Mi ardor fue encendido por las chispas de la divina llama que ha inflamado a más de mil: hablo de la Eneida, la cual fue mi madre y mi nodriza en poesÃa; sin ella, nada hubiera escrito que tuviera el menor peso. Y yo pasarÃa gustoso un año más en este destierro con tal de haber vivido en el mundo en la época en que vivió Virgilio[141].