Divina Comedia

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—Nada sucede en la religiosa montaña que esté fuera del orden o del uso establecido. Este sitio está libre de toda conmoción, y la que habéis sentido sólo puede proceder de aquello que el Cielo recibe digno de sí mismo, y no de otra causa. Porque no llueve ni graniza ni nieva ni cae escarcha ni rocío más acá de la puerta de las tres pequeñas gradas[139]. No aparecen nubes densas ni enrarecidas, ni hay relámpagos ni se ve a la hija de Taumante[140], que allá abajo cambia con frecuencia de sitio. No hay seco vapor que se eleve a mayor altura de la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene sus plantas el vicario de Pedro. Quizá temblara el monte poco o mucho más abajo de allí, pero por más viento que se esconda en la tierra, no sé en qué consiste que aquí no haya temblado nunca. Únicamente se estremece cuando algún alma, sintiéndose purificada, se levanta o se mueve para subir, acompañándola aquel cántico. La prueba de la purificación es la voluntad que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudándola en su mismo deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo ineficaz de subir al Cielo, pero sin que tampoco la abandone el de satisfacer a la Justicia Divina, pues ésta le impone por el castigo el mismo afán que tuvo por el pecado. Yo, que he yacido en esta mansión más de quinientos años, no he sentido hasta este momento la libre voluntad de pasar a otra mejor; por eso has sentido el terremoto y a los piadosos espíritus alabando por toda esta montaña a aquel Señor que los admitirá pronto en su seno.


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